Un acto de memoria, o el día que defendimos a Goya como dictador sanitario I Roberto Herrero García

Durante la actual pandemia de SARS-CoV-2, distintas voces han coincidido en el uso de términos y expresiones de carácter bélico. Se ha repetido que todos éramos soldados con un enemigo común e invisible y se ha insistido en la idea de que nos encontrábamos en un escenario de guerra con frentes de lucha y líneas de batalla. Pero… ¿hablamos de una anécdota o acaso hay algún tipo de motivación que explique el uso de esta lógica marcial a la hora de referirse a una crisis sanitaria? Y, si así fuese, ¿es nuevo este fenómeno? Cuando revisamos los discursos que rodearon a la que ha sido la última gran epidemia que afectó a nuestro país, la (tan mentada estos días) gripe de 1918-1919, podemos constatar que hubo una misma insistencia en el uso de un lenguaje castrense. No obstante, estos discursos no surgieron como consecuencia de la gripe (como hoy, quizás, tampoco del coronavirus), sino que venían siendo enunciados varias décadas atrás. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, la progresiva pérdida de poder internacional de países como Francia, Italia y España se asoció a las malas condiciones biológicas de su población. Fue este un momento en que la sociedad empezó a ser entendida como un organismo vivo y en el que el entrecruzamiento de los discursos sociales, políticos y clínicos propiciaron la demanda de un “ejército de sanitarios” e, incluso, la instauración de una “dictadura sanitaria” que aplicase las terapias necesarias para la regeneración del estado. Cabe decir que el mundo del arte no fue ajeno a estas llamadas a un autoritarismo de corte eugenésico y que, incluso, participó de ellas. En el caso español, la polifacética (y polémica) figura de Eugenio Noel propuso un discurso artístico proto-fascistoide que creía ver en la obra de Goya, Zuloaga y Julio Antonio los valores morales y el ideal regeneracionista del dictador que, a su entender, necesitaba España. Algunos historiadores han querido excusar estos guiños entre artistas y autoritarismo durante la primera mitad del siglo XX; aunque Benjamin Buchloh considera que el posicionamiento de estos creadores fue plenamente consciente y calculado. Acaso este sea el momento de interrogarnos sobre dónde se sitúa la práctica y la investigación artística respecto de la vuelta al uso de un lenguaje bélico para afrontar un problema sanitario. Si desde los años 90 las prácticas artísticas se han caracterizado por interrogar al pasado (no como algo finalizado, sino como algo activo y que afecta a nuestro presente), revisar hoy los coqueteos que mantuvo el arte de comienzos del siglo XX con cierto tipo de medicina-social próxima al totalitarismo, puede que sea, en palabras de Miguel A. Hernández Navarro, “un ‘acto de memoria’, una toma de postura desde el presente”.